miércoles, 22 de septiembre de 2010

¿Y LOS DIÁLOGOS?


Cuando el presidente Calderón, llamó a diversos actores políticos a los diálogos por la seguridad, mí escepticismo en cuanto a los resultados que se darían en los mismos, fue en gran medida por quienes asistirían a conversar.
Desafortunadamente, hoy me convenzo que aquella desconfianza, no era parte del “sospechosísmo” en el que en ocasiones solemos caer los mexicanos, sino en una impresión basada en la inoperancia de aquellos que continuamente prometen lo que no cumplirán. Por ello, no considero exagerado afirmar, que en esta lucha, sólo el gobierno federal y los ciudadanos (la gran mayoría) estamos comprometidos en pelearla y por supuesto, en ganarla.

Y es que, a poco más de un mes de concluidos los diálogos, me pregunto ¿Qué han hecho los gobernadores en sus estados? ¿A qué acuerdos han llegado los legisladores? ¿Los jueces ya tienen compromisos para mejorar la impartición de justicia? ¿Los medios de comunicación difunden campañas preventivas? Me temo que las respuestas en todos los casos son negativas.

Como muestra, tenemos al gobernador, Enrique Peña Nieto, preocupado en su imagen y gastando miles de pesos en publicidad, aparece totalmente ajeno a la aprehensión de capos del narcotráfico por parte del gobierno federal y a la cada vez mayor percepción social, de que el Estado de México, es lugar de estratégica residencia para cabecillas del crimen organizado.
Otro ejemplo, el gobernador de Tamaulipas, Eugenio Hernández Flores, quien después de la masacre de 72 migrantes, ha mostrado una vez más su incapacidad ante la problemática que el estado sufre.

Por otra parte, los legisladores, se encuentran enfrascados en discusiones estériles que tienen como único fin, el de llevar “agua a su molino” con miras a las elecciones de 2011 y 2012. Sin importarles un comino, que el cáncer del secuestro y el narcotráfico sigan alterando la vida de los mexicanos.

Los jueces, al igual que en los diálogos donde participaron, siguen sin adquirir compromisos que nos hagan pensar que tienen una verdadera intención de mejorar el sistema judicial. Tal cual y como es su costumbre, se han instalado en lo mas alto de sus cómodos sillones, para contemplar desde ahí la impunidad y corrupción de la que son participes.

Ejemplos hay muchos, pero en todos, encontraremos incapacidad, complicidad, miedo y hasta ignorancia en aquellos que vistieron sus mejores trajes, lucieron sus chocantes peinados e hicieron gala de su verborrea barata en los diálogos por la seguridad.
No cabe duda que si por ellos fuera, a México ¡ya se lo hubiera llevado el carajo!

Hasta la próxima.


Autor: Rubén Salazar
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

sábado, 11 de septiembre de 2010

SEPTIEMBRE 11


A Paco Romero.Por su amistad e incondicional apoyo.

-¿No quieres que te platique más de la historia de Salvador Allende?- Era la cuarta vez en los últimos 9 minutos, que mi compañero de trabajo en el restaurante de comida vegetariana me lo preguntaba. De origen chileno, Gabriel tenía 11 meses viviendo en Nueva York, había logrado conseguir el trabajo de ayudante de cocinero gracias a su mediano conocimiento del idioma inglés, pero sobretodo, a su carácter extrovertido con el cual se ganó la simpatía del gerente que de inmediato lo contrató.

Aquella mañana, me había despertado, percatándome de que había dormido con el televisor encendido y sintonizado en un canal de videos musicales. Mientras iniciaba el tortuoso proceso para levantarme de la cama, logre distinguir la ronca voz de Bruce Springsteen que entonaba: Born in the U.S.A, I was born in the U.S.A.... Miré el reloj y decidí esperar a que Bruce terminara de decirme por enésima vez, que él nació en el país que desde hacía 4 años y 5 meses era mi hogar.

Cómo casi todos los días, encontré a Gabriel en la esquina de Murray Street y Brodway, devoraba un pastelillo de chocolate que acompañaba sorbiendo un hirviente café con crema. Nos saludamos, e iniciamos el recorrido habitual rumbo al restaurante, éramos los empleados más jóvenes (22 años) y diariamente atendíamos a poco más de 100 personas. Lo único distinto en ese día, era la visita relámpago a la iglesia de San Nicolás. Desde una semana antes, Gabriel me anticipó que ese día pararíamos ahí, para orar por el eterno descanso de Salvador Allende a cambio de invitar a sus amigas al festejo del día de la Independencia de mi país, que se celebraría el 15 de Septiembre. Al dar la vuelta en Barclay, escuché nuevamente de labios del apasionado seguidor del equipo de fútbol Colo Colo, la historia del golpe de estado en 1973, el suicidio de Allende en el palacio de la Moneda, que ese día se conmemoraba el 28 aniversario de la toma del poder en Chile por parte de Pinochet y como los chilenos admiraban a quien consideraban el más grande símbolo de la democracia en su país.

Mientras mi acompañante manoteaba efusivamente, sentí en mi rostro el clásico golpe de aire frío y húmedo de Manhattan. El cual, me hizo voltear la mirada hacia arriba y contemplar el vuelo de un grupo de aves que parecían huir del trajín matutino de la gran manzana, al tiempo que un camión de bomberos, cruzaba Church Street a toda velocidad.

En la entrada de la oficina postal, se podía distinguir al vagabundo de siempre, que con su maltratada cartulina nos anunciaba el fin del mundo. El reloj marcaba las 8 horas con 45 minutos.
Sólo un minuto más tarde, el potente sonido de las turbinas de un avión, interrumpió nuestro andar. A continuación, la explosión que paraliza, el silencio que asusta, los escombros que matan, el polvo que ciega, el caos de la incertidumbre, los recuerdos de la niñez, el beso en la frente de mi madre, el abrazo protector de mi padre, la despedida familiar en México y el sueño americano.

Quiero correr pero mis piernas no responden, ¡Se estrello el avión en la Torre!, ¡Estamos a un lado de la Torre! Alcanza a decirme la poca cordura que me queda, ¡Gabriel!, ¿Dónde está Gabriel? La fuerza de la amistad forjada a base de soportar juntos la difícil lucha cotidiana, me hace recuperar los sentidos. Lo busco a tientas, pues el humo y el polvo no me permiten ver nada, trato de encontrarlo. No se cuanto tiempo ha pasado. Escucho gritos desgarradores, que se mezclan con el aullar de las sirenas. De entre la destrucción, distingo la silueta de un policía, corro hacía él para solicitarle ayuda. De pronto, otra explosión, el policía toma mi brazo y me aleja corriendo. Miró detrás sabiendo que nunca más, mi amigo me platicara la historia del 11 de Septiembre chileno.

Hoy, a 8 años de la más grande tragedia en los Estados Unidos de América, estoy en camino hacía la iglesia de San Nicolás, de la mano de mi pequeño hijo de 5 años llamado Gabriel. Ofrendaremos 2 oraciones, una por mi entrañable compañero y otra por Allende.

Hasta la próxima.

Autor: Rubén Salazar
rubsalazare@gmail.com