A mi hermano César por su próximo aniversarioA raíz de un rumor que circuló en las redes sociales en el que se aseguraba que en la Sierra Tarahumara, nativos Rarámuri se habían suicidado por la hambruna que padecen, una buena cantidad de mexicanos (incluidos algunos políticos) se han enterado que existen indígenas que viven en condiciones paupérrimas.
La miseria que sufren estos pueblos no es para nada algo nuevo, “lo nuevo” es que la sociedad se indigne por ello, pues durante décadas las comunidades indígenas han sido segregadas, olvidadas y reprimidas.
Y es que a lo largo de los años, los gobiernos han argumentado respetar sus tradiciones para con ello justificar la nula intervención en el mejoramiento de sus niveles de vida. Sin embargo, cuando conviene a los intereses del poder, son capaces de adueñarse y explotar el espacio natural de los nativos en pro de la “modernización”.
Por su parte, la sociedad metropolitana siempre ha mirado al indígena con desprecio y en el mejor de los casos con lástima, relegándolo a realizar actividades que en ocasiones resultan denigrantes.
Mientras que, las mafias del narcotráfico bajo amenazas y aprovechándose de su necesidad los han empleado para sembrar y transportar droga.
Por si esto fuera poco, existen grupos guerrilleros que enarbolando la bandera de su reivindicación les han utilizado como “carne de cañón” en escaramuzas en contra del ejército.
Bajo las consideraciones anteriores, no queda más que reconocer que los indígenas mexicanos siempre han estado solos, y a merced de aquellos que sin el menor respeto a la condición humana se aprovechan del aislamiento en la que todos los hemos sumido.
No obstante, se nos presenta la gran oportunidad de resarcir el daño causado, e iniciar un cambio en la actitud que como sociedad desarrollamos ante los milenarios pueblos indígenas. Ya que de no hacerlo, la tragedia puede alcanzar proporciones verdaderamente lamentables.
Hasta la próxima
Autor: Rubén Salazar
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar
MILENIO DIARIO
Autonomía relativa
22 De Enero de 2012
En el clímax prometen cosas, reciben abrazos, se tejen grandes proyectos en conjunto, visiones compartidas, travesías de la mano.
Todo el año pasado el PRI organizó un pachangón con la esperanza de presentar en sociedad a su nuevo producto. Hacía ya varios años que no sucedía nada por el estilo en ese establecimiento que más bien despedía olor a cadáver. Contrataron a un decorador, a una diseñadora, a unos especialistas en imagen; compraron ropa nueva y abrieron de nuevo el lugar, con bombo y patillo.
La gente que llega al lugar los saluda, los abraza, los felicita. Ellos, conmovidos con los buenos deseos de los demás y la buena impresión que causan, invitan a los asistentes una copa, una cena. En el clímax prometen cosas, reciben abrazos, se tejen grandes proyectos en conjunto, visiones compartidas, travesías de la mano.
“Ah, qué buena fiesta”, decía el organizador, don Humberto Moreira. “… Ya pasa de la medianoche y sigue llegando gente. Cómo le he cambiado la vida a este changarro; hace unos meses era una funeraria y ahora es un congal, un casino como los de nuestros tiempos de oro, sí, señor. ¡Ah, caray!, ahí está el Niño Verde, saludaré a ese prócer de la democracia. Caramba, ya me sacó unas candidaturas, bueno, que pague el partido… Total, con tal de que no me invite a sus fiestas. Tan tranquilito que se ve, y parece que se convierte en Hulk, ¿o cómo se llamaba ese que se ponía verde?”
Moreira se pasea alegre por las mesas, se avienta un bailecito que es aplaudido por todos y todas. Él agradece y sigue su camino. “¡Ah, caray!, ahí está la maestra, iré a saludar a mi mentora y amiga. Caramba, ya me sacó unas candidaturas, bueno, que pague el partido… Total, con tal de que no se vaya a otro lado hay que pagar lo que sea, digo, para averiguar el precio, eso luego vemos. Así le hice en Coahuila y todos los de aquí me adoran”.
Moreira despide a algunos invitados de abrazo y con sonrisa placentera, reitera los compromisos y pide un mariachi para que nadie más se vaya. Vuelve a caminar entre las mesas. “¡Ah, caray!, ahí está el Peña saludando. Ése me debe todo y yo pues ya no sé ni a quién le debo, pero éste me la debe a mí”. Se abrazan ante el aplauso y la mirada complaciente de todos. “Manlio no vino”, le dice Peña. “Qué raro”, contesta Moreira, “ya ves que es de Sonora, yo como que todavía no le agarro bien la onda con eso del jefe de gabinete y cosas de esas. No sé a qué hora lo perdimos, se volvió como intelectual, ¿no?” Enrique le sonríe y le dice frente a todos: eres muy exitoso.
De pronto alguien se presenta a la puerta. Pregunta por Moreira, a quien le dicen que le buscan por el asunto de unas deudas. Él se disculpa ante todos y se va entre reclamos. Peña se pone a hablar con unos invitados y todos se dan cuenta de que no puede decir tres cantantes: Pedro Negrete, Jorge Infante y ya no me acuerdo, dice el tipo. Los invitados bajan la cabeza. Peña se queda con la sonrisa congelada.
Ya es el día siguiente. Los del PRI se dan cuenta de que, al igual que en Coahuila, Moreira los dejó sin lana para pagar. Tocan a la puerta. ¿Quién es? Pregunta el portero, un señor de apellido Coldwell. “La maestra y el niño”, contestan de afuera. “Aquí no es mesón, sigan adelante”, contesta el portero que no parece muy actualizado en la situación. Se oye entonces una voz femenina: “Las posadas ya pasaron, no sean imbéciles. Paguen lo que nos deben”. Una voz rasposa le ordena a Coldwell: “Mete al niño, a la maestra no tenemos pa’ pagarle. Apenas nos alcanza para los de aquí”. El portero abre la puerta y en un rápido movimiento mete al niño al establecimiento. La maestra da dos patadas a la puerta y se va. Adentro todo vuelve a parecer un velorio.
Autor: Juan Ignacio Zavala
Twitter: @juanizavala
juanignacio.zavala@milenio.com