Encontrar a los Demonios internos no es tarea difícil pues siempre se hacen
presentes en los costados de los caminos que se recorren a diario. La aventura
se torna complicada y hasta peligrosa cuando para poder charlar con ellos hay
que adentrarse en las escabrosas tabernas que frecuentan.
Los sitios en donde nuestros Demonios filosofan, debaten, crean y planean
las acciones más obscuras y surrealistas, son lugares sin ley; ahí no hay
límites ni restricciones.
En esos lugares de pronto se pueden observar a algunos de esos entes bebiendo
apaciblemente una botella de whisky alrededor de en una mesa y, a solo unos
metros, otros de ellos pueden estar devorando las entrañas de un ser amorfo.
Confieso que hace poco los visité sin saber exactamente para qué. Durante un
par de semanas fui ignorado hasta que, ante mi insistente presencia cotidiana,
el líder de la legión me invitó a beber una copa de ron en la mesa más grande de
la taberna.
Al tomar asiento frente a él y mirar sus ojos descubrí la razón de mi
excursión a ese lúgubre lugar situado en la zona más recóndita de la existencia
humana. La mirada de mi anfitrión transmitía la familiaridad que solo tienen
aquellos que conocen los derroteros más íntimos que en la subsistencia se han
experimentado.
Con solo observar por unos segundos los ojos de ese Demonio que se ostenta
como implacable gobernador de ese sombrío territorio descubrí la complicidad
que ha forjado los años de acompañamiento vivencial; cuando al fin habló mi
acompañante de brindis no tuvo reservas en afirmar que hacía tiempo me
esperaban, que sabía que mi visita era con el afán de negociar un alto a la enorme
influencia que, de un tiempo para acá, ellos tenían en mí actuar y que estaban
dispuestos a llegar a un acuerdo conveniente para ambas partes.
Después de acabar con el contenido de la botella de ron que cordialmente me
compartió el amable personaje que me albergó en su cantina predilecta, hemos concluido la charla con resultados
más que favorables; reconocí de manera honesta mis excesos recientes, mismos
que me hicieron conocer de cerca el fondo de las cavernas en las que más de un
humano se interna para nunca volver a sentir el calor del sol; he expuesto mi
inconformidad por la forma en la que ellos, mis Demonios, me dialogan
convenencieramente esperando que yo acate sus consejos sin protesta alguna.
Adicionalmente y sin empacho les he hecho corresponsables del daño colateral
que mis actos han producido en la gente que me rodea.
En su defensa, el guía del grupo Demoniaco me ha explicado a detalle las funciones
que tienen dentro del proceder personal y que en resumen es el de equilibrar la
balanza entre las restricciones y las libertades en el pensar y quehacer habitual.
Puedo exponer con una mezcla de orgullo y vergüenza que, por voluntad propia pero sobre todo por desmoralización,
me hice presente en la obscuridad más salvaje buscando explicaciones, salí de
ahí encontrando reflexión, reconocimiento de identidad y una enorme facilidad
para realizar una muy necesaria autocrítica.
Hoy, necesito hacer saber a esas personas que fueron afectadas, de una u
otra forma, por mis acciones y excesos, que he regresado, no intacto pero sí
con una enseñanza invaluable. Los desenfrenos han vuelto a ser aquellos que me
han caracterizado durante años y que no rebasan la frontera del territorio
empedrado que impide los pasos de quienes intentan andar sin conciencia.
Aquí estoy, bebiendo una copa y tal vez serán muchas más, fumando un cigarrillo,
pero con la tranquilidad de haber conversado con mi lado obscuro y la subsecuente
ecuanimidad que da el saber que mañana también saldrá el Sol.
