En México somos muy dados a quejarnos por la corrupción. Que si el político
gana miles de pesos por dormir en su curul, que si el presidente municipal se
roba hasta las sillas de la oficina que ocupa, que si el policía acepta dadivas
a cambio de no infraccionar, etc.
Y así podemos enumerar cientos de situaciones corruptas que acontecen
diariamente en el país, sin que las lamentaciones tengan algún efecto para
erradicar dichas prácticas.
Sin embargo, cuando esa corrupción provoca muertes, muertes de niños,
muertes de inocentes, las quejas se transmutan en rabia, en impotencia y por
supuesto en una enorme tristeza.
Hoy, hace 5 años, 49 pequeños murieron y más de 70 resultaron con
lesiones graves en el incendio de la guardería ABC de Hermosillo, Sonora. Sus
incipientes vidas se apagaron de tajo precisamente por esa corrupción de la que
nos quejamos y de la que en no pocas ocasiones somos partícipes.
¿Cómo explicar a una madre de familia que su bebé murió por la incapacidad,
la indolencia y los intereses de gente sin escrúpulos?
No hay forma, simplemente no alcanzarían las palabras para explicarle
que a su hijo lo asesinó la corrupción y que esa misma podredumbre no permite
castigar ejemplarmente a todos y cada uno de quienes en menor o mayor grado,
encendieron la guardería con el fuego que surge del desprecio hacia sus conciudadanos.
Empresarios que solo buscan enriquecerse a toda costa, gobernantes
cuyo poder los embriaga al punto de menospreciar la vida de quienes los
eligieron, servidores públicos incapaces de dar el extra en sus labores y
sectores de la sociedad civil que prefieren voltear hacia otro lado para no
mirar la desgracia ajena. Todos son culpables de homicidio, sí, del asesinato de los
inocentes que tuvieron la desgracia de haber nacido dentro de un sistema
podrido, impune y despreciable.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar
