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| (Foto propiedad de Internet) |
Tortura, sadismo sexual, esclavitud, asesinatos y tráfico de drogas
son parte de la historia de Daniela y
de decenas de jóvenes que caen en las garras del monstruo de la delincuencia
organizada. Todo ello frente a la indolente y corrupta mirada de las
autoridades.
Lo que platica Daniela es
brutal, pareciera parte de una película de terror o de una serie policiaca
norteamericana. Los actos que se le obliga a realizar a las y los esclavos del
narco son atroces. La crueldad y perversión son lo cotidiano en la vida de las
víctimas.
La joven originaria de Nicaragua retrata con sus dichos a los
psicópatas que engrosan las filas de cárteles como el de “La última letra”. Habla de la masacre de migrantes en San
Fernando, Tamaulipas, de sicarios que gozan con el dolor humano, del tráfico de
órganos y la venta de niñas y niños a ciudadanos norteamericanos.
De igual forma, al hacer público su tormento, Daniela desenmascara la simulación de los gobiernos estatal y
federal que en el discurso no se cansan en presumir el combate a la mafia, pero
que en los hechos, ya sea por complicidad o incompetencia, nada han logrado
para acabar con ella.
Por último y no menos grave, es la actitud de apatía por parte de la
sociedad. La insensibilidad o el miedo provocan que la reacción ante el
conocimiento del sangriento submundo que existe en México, sea de inmovilidad,
de ceguera voluntaria, de explicaciones superficiales. La indignación, de
manera conveniente, es por la sangre que se derrama fuera de nuestras fronteras
mientras que la de casa es preferible esconderla bajo la alfombra.
Danielas debe haber por
cientos, al momento que escribo estas líneas muchas de ellas deben estar
sollozando en el obscuro rincón de una casa de seguridad preguntándose lo mismo
que usted y yo:
¿Por qué las hemos dejado solas?, ¿por qué son invisibles para
nosotros?, ¿por qué nadie escarba en ese podrido México y las rescata de la
pesadilla?
¿Por qué?
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_ Salazar
