Nuestra indiferencia hiere, corrompe y provoca impunidad
La lluvia la obligaba a entrecerrar los ojos, ya de por si empequeñecidos por la sensación de cansancio. Sus pasos apurados, se confundían con el de los transeúntes que a esa hora de la noche no dejan de ser constantes. Ella sabe que después de andar dos calles más, encontrará la fachada color café, cuya puerta materialmente oxidada dará paso al encuentro con el otro mundo. Ese mundo donde su padrastro, no la despertará a la media noche con burdas caricias y susurros obscenos impregnados de ese maldito hedor a sucio. Ese mundo donde su madre no lacera su dignidad con el látigo de la ignorancia y la miseria. Ese otro mundo donde no importa la humillante indiferencia de una sociedad cada vez más corrupta y automatizada.
Ha recorrido ese mismo barrio desde hace casi un año, y esa noche, le sorprende no haber reparado nunca, en echar un vistazo de cerca de los aparadores de la juguetería que se encuentra en la avenida principal. De pronto, decide detenerse y su nublada mirada se dirige a la muñeca que sentada, le sonríe como si se burlara de su niñez olvidada en algún frío y oscuro rincón de su corazón. El pequeño vestido de color rosa que luce la muñeca con gran vanidad, contrasta con los jeans rotos y la chaqueta negra que ella usa desde hace tres días.
Una avalancha de sentimientos recorren su cuerpo, lo cual, le recuerda que debe continuar su camino a lo que ella llama su destino. Sin embargo, un detalle más la hace dilatar, un carrito color rojo que se encuentra a un costado de la muñeca de la sonrisa irónica. Como un destello, le viene el recuerdo de su pequeño hermano, un dulce niño de cinco años al que no ve desde hace seis meses y que llamaba de cariño “nene”. El deseo de escuchar sus risas y sentir sus pequeñas manitas acariciándole las mejillas, le provoca un mareo que la hace sentarse en la acera y comprobar que el líquido que baña su rostro, no es provocado por las gotas que caen del cielo, sino lagrimas que brotan desde su alma.
Se ha levantado y ahora corre con la fuerza que no recordaba tener, como si de pronto una mano invisible guiara su camino, llega al lugar donde alguna vez fue su casa y al detenerse frente a ella, siente la necesidad de vomitar. Se deja caer a un lado del basurero que grotescamente adorna la calle que apenas recuerda haber pisado alguna vez.
De pronto, se sacude al escuchar su nombre y encontrarse con el rostro maltrecho de una anciana que le parece familiar, las luces de los faros de un automóvil iluminan las facciones de la señora y le hace gritar de dolor al darse cuenta que es su madre. Intenta alejarse pero la sorpresa le ha paralizado el cuerpo y solo logra emitir la palabra “nene”. El fantasma de lo que alguna vez fue su madre, le mira y con una frialdad escalofriante, le responde que “nene” murió un mes atrás a causa de una caída provocada por un golpe que le propinó su padrastro.
La puerta oxidada se abre una vez más. Ahora, encontrará la mano siniestra que exprimirá la jeringa e introducirá el líquido espeso de la heroína. Ahora, la pequeña niña de 11 años, sólo quiere sentir las manos de “nene” acariciando las suyas.
Nuestros niños no son el futuro, son el presente… ¡No a la violencia en contra de ellos!
Hasta la próxima.
Autor: Rubén Salazar
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