A mi hijo por su permanente
pasión
En cuanto bajamos del auto, empieza a llegar a mis oídos el murmullo
delirante.
Mi padre me ha dicho que no me separe de él pues corro el riesgo de extraviarme,
así que lo tomo con fuerza de su mano.
Conforme avanzamos, crece en mí la temerosa sensación de enfrentarme a
lo desconocido.
El monstruo de concreto que se encuentra frente a mí es impactante,
totalmente gris, con rampas que desde fuera parecen laberintos, y ese gruñido,
sí, ese espeluznante quejido que surge desde sus adentros inmoviliza, hipnotiza.
Aprieto aún más fuerte la mano de mi viejo.
Después de sortear algunos obstáculos ya nos encontramos dentro del
gigante. Mi padre ha encendido un cigarrillo, lo cual es muestra inequívoca de
nerviosismo, nerviosismo que automáticamente amplifica el mío.
Avanzamos a paso veloz por las rampas, al tiempo que mi estomago se
contrae por el pensamiento de estar dentro de una de esas pesadillas en donde
no hay salida alguna para escapar del fantasma en turno.
Mi corazón acompaña las aceleradas zancadas que cientos de siluetas
dan a nuestro alrededor. Por su parte, el gigante de color gris se cimbra con
cada clamor que él mismo emite.
Después del frenético recorrido, hemos llegado a algo que parece la
entrada a las entrañas de la gran bestia.
Para entonces, mi mano es ya una extensión de la de mi padre.
Internarse al vientre del descomunal ente me lleva a sentir eso a lo
que llaman Deja Vu, pues siento haber
experimentado esa vivencia con anterioridad.
Ya dentro, siento con molestia como el sol baña con intensidad el
ambiente, literalmente quema.
Mi viejo extiende un dedo hacia el centro y me percato que lo que
podría ser algo así como el corazón del coloso, es de color verde con delgadas
venas blancas que resaltan formando figuras perfectamente geométricas.
Nos hemos sentado y de pronto aparecen de por debajo del verdoso
núcleo varios hombres que enfundados en originales vestimentas corren al centro.
Es en ese momento que el rugido cimbra la propia estructura monumental.
Ahora tomo a mi padre del antebrazo y alcanzo a distinguir una leve
sonrisa en sus labios.
Los hombres que se encuentran en el centro han comenzado a patear de
un lado a otro lo que imagino es una esfera mágica. Son gladiadores, pienso
mientras que casi sin percibirlo, el miedo ha cesado casi por completo.
De pronto, un grito unánime, una palabra, observo a mi alrededor y me
doy cuenta que hay cientos, tal vez miles de personas que actúan como si
alguien o algo los dirigiera, es una exclamación jubilosa, uniforme, pero sobre
todo apasionada.
Esa palabra que ensordece, me provoca otro Deja Vu que me traslada a la pelota que mi madre me regalo apenas
hace unos días cuando cumplí 5 años, a esa playera que mi abuelo me
obsequió y a esos guantes que tanto trabajo me cuesta enfundar.
Los gladiadores se han marchado, la gente poco a poco abandona las
entrañas del monstruo y yo ya no siento temor.
Ahora solo deseo estar ahí el próximo domingo, contemplando la
magnificencia del estadio, recorriendo sus pasillos, mirando un buen juego de
fútbol y gritando gol tomado de la mano de mi padre.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar
