Tu sola presencia lograba ahuyentar los monstruos emanados de mi mente
infantil cuando la fiebre provocada por algún virus me tumbaba en cama.
Tus manos tomando las mías eran suficientes para orientarme y sostenerme
en cualquier camino por más sinuoso y difícil de andar que este fuera.
Tu incomparable mirada tenía la virtud de darme claridad en la oscuridad
más densa y de endulzar las agrias épocas que la vida nos hace probar.
Tu desvelo por esperar mí llegada en aquellos tiempos de juergas
juveniles los valoré por el simple hecho de saber que al cruzar la puerta tú
estarías ahí.
Tu incondicional complicidad ante la rebeldía propia de quien ha sido
educado para cuestionar y combatir, logró crear sólidos pilares para edificar
un monumento de confianza.
Tu pertinaz enseñanza diaria para implantar la unión de quienes
provenimos de tu sangre facilitó la convivencia entre disímbolos pensamientos.
Tu consejo estimuló la serenidad ante los inclementes ventarrones que el
destino origina y disipó el polvo que amenazaba con cegarme en medio de los
desiertos.
Tu colosal fortaleza hizo tangible la frase: “luchar contra la adversidad”, teniendo como resultado una
merecida y aplastante victoria a tu favor.
Tus lágrimas, tus sonrisas, tus regaños, tus aplausos, tus orgullos,
todo lo tuyo se caracterizó por ser invaluable, entrañable y autentico.
Hoy debo confesarte que te he soñado e imaginado a mi lado, que te he
sentido y que te extraño. Pero estoy seguro que en todo momento ahí estás,
extendiendo tu mano y mirándome con el enorme amor que siempre me profesaste, guiándome
por los caminos y alejando con un beso en mi frente a los engendros que
pretendan aterrorizarme.
¡Hasta siempre mamá!
Autor:Rubén Salazar Espino
