viernes, 9 de marzo de 2012

LUPITA


A mi pequeña Paola y su maravillosa sonrisa.


La calle de Madero en el centro histórico de la Ciudad de México luce excitada, decenas de transeúntes caminan en sentidos opuestos, mientras en el ambiente suena el organillo con la melodía del “cielito lindo”.
A mi paso cruza una dama que fuma un cigarrillo con boquilla, y porta un amplio sombrero color rosa que por algún motivo me hace recordar la novela “la región más transparente” de Carlos Fuentes. Tras ella, un hombre con acento sudamericano habla por teléfono sin dejar de mirar a su alrededor con cierta precaución. Metros más adelante, una pequeña multitud se agrupa para contemplar a un joven disfrazado de robot, que espera recibir alguna moneda a cambio de su asombrosa capacidad de permanecer inmóvil.
El sonido del organillo continúa ahora con la tonada de “allá en el rancho grande”.

Continúo mi andar y de pronto, llama mi atención una pequeña niña desaliñada que hurga impaciente el contenido de un bote de basura. No tiene más de 10 años, su ropa refleja el infortunio, su frágil cuerpo denota el hambre y su cabello la tristeza del abandono. De reojo observa a su alrededor y percibo cierto sentimiento de vergüenza en sus ojos. Sin embargo, ella continúa removiendo desechos con sus frágiles manos. Me le acerco y afectuosamente le ofrezco un poco de dinero al tiempo que le explico que es para que coma algo en el restaurante de hamburguesas de la esquina. Con sus grandes ojos me mira un tanto sorprendida y esboza una leve sonrisa, su mirada duele, rasga el alma de quien la contempla. Ha sacado sus manos del bote de basura y toma el dinero que le brindé, me agradece con voz suave, corre en dirección del restaurante y se pierde entre un grupo de jóvenes estudiantes que bromean entre sí.
El organillo emite las notas de “México lindo y querido”.

Un par de calles más adelante, distingo la figura de la pequeña niña que nuevamente manosea el interior de un cesto de basura.  A la distancia observo que a su lado transita un nutrido grupo de turistas europeos, que en ningún momento reparan en ella, y sólo la esquivan como si se tratara de un objeto. De nueva cuenta me le acerco y le pregunto si ha comprado algo de comer, sin voltear me responde que lo hará en cuanto encuentre lo que está buscando.
En este segundo encuentro noto el desgaste de sus zapatos, zapatos que seguramente han recorrido cientos de calles, zapatos que han soportado el peso de la desolación, del menosprecio y la indiferencia.
El organillo repiquetea a lo lejos el tonillo de “María Bonita”.

Su impaciente pesquisa me hace ofrecerle ayuda para localizar aquello que con tanta avidez busca, voltea hacía mí y con gran soltura me responde que es un trabajo que sólo puede hacer ella. Su pequeño intercambio de palabras me da la pauta para cuestionarle sobre la localización de sus padres, su respuesta me estremece pues me dice no conocerlos, se ha relajado y me explica que vive en un barrio cercano con un familiar que todas las tardes entra a una maloliente cantina, situación que ella aprovecha para salir a buscar ese “algo” que no se atreve a mencionar.

El sol ya ha empezado a esconderse y la pequeña niña lo ha advertido, me extiende su débil mano y se despide con un estrujante “hasta pronto”. Alcanzo a preguntarle su nombre mientras le entrego las últimas monedas con las que cuento, -¡Lupita!, me responde -¡Lupita como la virgen!, reafirma.
Logro verla doblar la esquina corriendo con la agilidad infantil que su edad posee, sigo mi camino con pesadez, reviviendo cada momento con impotencia, con amargura.

Llego a la Plaza de la Constitución y me detengo frente al enorme lábaro patrio que no ondea a pesar del viento que sopla.
Las gotas de lluvia empiezan a caer, es entonces cuando por fin entiendo lo que con tanto anhelo Lupita buscaba; su dignidad robada, su infancia arrebatada, su alma; sí, su alma perdida entre la basura de una sociedad indolente, robotizada. Una sociedad incapaz de sentir el dolor de aquellos que indefensos, sufren en la más terrible soledad.


La lluvia arrecia, el organillo ha callado.

Autor: Rubén Salazar
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

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