A las víctimas y sus familias en la
conmemoración de los atentados terroristas en Madrid, España.
Una mañana como cualquier otra, los sonidos de la ciudad despertando lentamente, el aroma del café árabe acompañando la mirada un tanto indiferente a los carteles con las fotos de los candidatos a la presidencia que sobresalen colgando de los postes del alumbrado público, mismos que han dejado de iluminar para dar paso al astro rey que asoma tímidamente cubriéndose por momentos de nubes grisáceas, como si fingiera no estar ahí, como si no quisiera mirar.
En la radio, el locutor del noticiario matutino sugiere las vías
alternas para evitar el tráfico provocado por la volcadura de un camión
repartidor de leche y amenaza con una mesa de análisis con mira a las
elecciones del domingo. Ahora, da la hora recomendando apresurar el paso con
voz pausada, lenta como si con esto pudiera detener el tiempo, como si las
manecillas del reloj lucharan por no llegar a la hora señalada ya por el
destino implacable. Son las 7:30 a. m.
El murmullo se hace más fuerte al penetrar los andenes de la estación de tren abarrotada ya por decenas de mujeres. Madres de familia que ansían el final de la jornada laboral aun no iniciada, para abrazar a sus hijos que han tenido que dejar en casa para llevar algunas pesetas que ayuden a solventar los gastos cotidianos.
Se distinguen hombres maduros, cansados, como automatizados, apenas si
se atreven a leer la sección deportiva del diario que presenta una exclusiva
con el goleador del Madrid, Raúl González, “el orgullo español” encabeza la
entrevista.
A su vez, la vitalidad innata de los jóvenes se hace presente a la hora
de acceder a los vagones, pues a pesar de los anárquicos tumultos, lo hacen con
una mochila a la espalda. Mochilas que guardan las horas de desvelo intentando
resolver los problemas matemáticos, el ensayo de la historia de la segunda
guerra mundial o el libro "El evangelio según Jesucristo” de José Saramago,
lectura esta, presente en las últimas 2 semanas para aprobar la clase de
literatura. Sin embargo, no todas contienen libros y cuadernos armas de la
inteligencia, de los sueños y de las metas por alcanzar; 13 de ellas guardan
muerte, sangre, terror y llanto.
Son ya las 07:37 y uno de los trenes ha detenido su marcha en la
estación de Atocha, la más grande de la ciudad, al tiempo que otro de ellos está
por llegar a la misma.
El sol se ha cobijado con una gran nube al sentir el frió que le ha
provocado el paso de los jinetes del Apocalipsis en su camino hacia Madrid. Los
pajarillos que acostumbran posarse en el techo de la estación, han volado sin
rumbo como si el viento les previniera de la llegada inevitable de la muerte.
Han explotado 10 bombas en total en 3 estaciones distintas. Han explotado 10 bombas de odio, de incomprensión, de intolerancia, de brutalidad. 10 bombas que acabaron con el derecho a soñar, con la virtud de mirar sin rencor, con el deleite de amar y con la tranquilidad de existir en paz.
El color de la sangre, el olor de la pólvora y el sabor de las cenizas
terminaron no sólo con la vida de aproximadamente 200 personas, sino que
también extinguieron la llama de la esperanza y la razón.
Nunca más el mundo volverá a mirarse igual, el nuevo orden mundial ha fallado, el gigante despertó con su vómito a los demonios y estos no dormirán hasta saciar su sed de sangre y venganza.
…Ojalá que el sol no deje de brillar.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

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