Dicen unos que hay noches en que su silueta se distingue en el monte al ser iluminada por la luna. Dicen otros, que de noche se escucha relinchar a su caballo.
También hay quien asegura haber escuchado las pisadas de sus botas en las haciendas que aún están de pie.
Es más, algunos campesinos aseguran haberse encontrado de frente con él y describen esa mirada penetrante y a la vez introvertida que le caracterizaba. De igual forma, en otro lugar, otros trabajadores de la tierra afirman haberle visto montar a su caballo al tiempo que escuchan sus características risotadas.
Sí, a pesar de los años que han pasado, los fantasmas de Emiliano Zapata y Francisco Villa siguen recorriendo los montes y poblados. Continúan buscando terminar aquello que debido a las balas de la traición quedó inconcluso.
Los desprotegidos, los abandonados, los olvidados lo aseguran. -Por las noches entran a las mansiones de los caciques para espantarlos- explican algunos, -Escuchan nuestras suplicas y de pronto la cosecha se da “re-bien”- suponen otros.
Al final, todos ellos creen en la inmortalidad de los caudillos, en la eterna cabalgata de los héroes que les protegerán por siempre.
Pero, ¿No será que los fantasmas de “El Caudillo del Sur” y “El Centauro del norte” penan tratando de encontrar el México que no fue? ¿No será que los dos valientes cabalgan por las noches para que la oscuridad les impida mirar lo que dejó la lucha revolucionaria? ¿O acaso sus almas dolidas no descansan debido a la cobardía y arribismo de quienes debieron continuar su obra?
Tal vez sea todo lo anterior o tal vez nada, pero ahí están ellos, su lucha, sus proclamas, su coraje y sobre todo, su amor a México.
Aquí están y aquí estarán, por siempre.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar
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