A las víctimas de la masacre en
Iguala, Guerrero.
Rojiza se ha pintado la tierra entre surcos que encaminan las lágrimas,
en intervalos sobrevuelan cenizas auxiliadas por las ventiscas venidas
de la montaña.
Tufos corrosivos avasallando los sentidos hasta el punto de la
intoxicación.
Aquí, en este instante, el aire no solo se siente, se ve, es impuro y
amorfo.
Putrefacción del ser patrocinada por el ente devorador de conciencias,
rabia encarnada en pupilas de enrojecidos ojos que observan sin compasión.
Sueños aniquilados con el mazo del despotismo ancestral,
de un solo golpe se suprimen las utopías que conducen los innatos
arrebatos juveniles.
Los sollozos en forma de dagas han perforado el silencio,
mientras que alguien escarba exasperadamente con sus uñas intentando recuperarles.
Sangre que no seca se interna en el subsuelo regresando a su cuna, a
su fuente,
abonando a la cosecha de resentimientos, de infamias y de vergüenzas.
Inertes pies descalzos rodeados por huellas de las botas del poder,
no hay pasos, no hay caminos, solo la pesadez de una inmovilidad
inducida.
México, ahí están tus hijos, desangrándose en la más obscura de las
noches,
en el frenesí de la corrupta sonrisa de quien ha decidido quién vive o
quién muere.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar
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