Una de las actividades humanas más despreciables es la de lucrar con
el dolor ajeno. Existen quienes se aprovechan de la pobreza o la riqueza (en el
caso de los secuestros), de los conflictos bélicos, de las enfermedades, etc.
En México, hoy estamos en presencia de un ruin “negocio” que se hace a
costa del sufrimiento y la angustia de familias enteras.
A falta de resultados por parte del gobierno en la búsqueda de los 43
jóvenes estudiantes desaparecidos en el estado de Guerrero el pasado mes de
septiembre de 2014, han salido a escena los mercenarios de siempre, esos que
aprovechándose de la desesperación de los padres de familia se cuelan en la
protesta a base de la verborrea que les caracteriza.
Esos esbirros que por interés económico y político ondean la bandera
que en su momento convenga, son los que han propagado entre los familiares de
los desaparecidos la información de que el ejército podría haber secuestrado y
tal vez incinerado a los jóvenes.
No importa que no haya sustento en dicha información, lo
verdaderamente importante es sacar raja de ella. No importa el dolor de los
padres, lo que interesa es comerciar con él.
Estos trapecistas de las teorías conspiratorias han sido capaces de
provocar que el desacertado gobierno de Peña Nieto les abra las puertas del
cuartel militar en donde se supondría, según los dichos de las sabandijas,
habrían sido llevados los normalistas de Ayotzinapa.
Sin embargo, los que se ostentan como los “representantes” de los
dolientes, tienen la consigna de no escatimar esfuerzos en exigir que se les
abran todas y cada una de las zonas castrenses, esto con la intención de
prolongar su estadía en la palestra mediática.
Ahí están, ante la complacencia del gobierno, disfrazados de políticos,
de abogados, de defensores de derechos humanos, de catedráticos, de
periodistas, de sociedad civil. Azuzadores profesionales intentando generar más
violencia, más muertos, más mártires para continuar “la lucha”.
Y por supuesto que ahí seguirán hasta que otra “causa” del pueblo se
les atraviese en el camino.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

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