“El fútbol es la única religión que no tiene ateos”
Eduardo
Galeano
Cuando los ingleses lo
inventaron nunca se imaginaron que el fútbol sería el deporte más popular en el
mundo. Por años, millones de personas de todas las razas, culturas y credos han
hecho del balompié parte de sus vidas.
Los elementos que
componen el fútbol representan para el hincha algo más que 22 tipos pateando un
esférico. El hincha siente la playera como parte de su piel, a los jugadores
los mira como parte de un clan del cual él es parte, al equipo contrario lo
cataloga como al enemigo que intentará tomar su bandera, al balón lo percibe
como la esperanza de violentar el territorio enemigo y al árbitro lo relaciona
como un juez siempre parcial y en algunos casos corrupto.
El fútbol entraña
emociones que pueden ir de lo sublime a lo ridículo ¿Pero acaso no es así la
vida misma?
¿Quién puede abstraerse
de seguir un juego River vs Boca o un Madrid vs Barcelona? ¿Quién puede no
reconocer la enorme calidad de la técnica desplegada por el Bayern Múnich,
actual club campeón de Europa? ¿Quién no se maravilla al ver tocar el balón a
Messi? Seguramente habrá quien contestó ¡Yo no! Pero convencido estoy que serán
los menos.
Y son precisamente esos
menos, los que durante años han culpado al fútbol de casi todos los males que
aquejan a la sociedad. Que si es parte de “pan y circo” que ofrecen los
gobiernos del mundo a sus ciudadanos, que si por su culpa no notamos que los
políticos son una sarta de ladronzuelos, que si junto con la religión es el
opio del pueblo, que si esto, que si aquello.
Pero vayamos por
partes, en primer lugar dudo mucho que en el caso de México, los temerarios
acusadores hayan estado sustraídos por completo del pasado juego final entre
América y Cruz Azul. Los índices de audiencia son contundentes, más de 30
millones de televisores sintonizados en el canal que lo transmitió, y si a eso
le sumamos aquellos que lo siguieron por radio e Internet, la cifra será sin
duda aun más escandalosa.
Ahora bien, más allá de
las emociones encontradas que pudo haber provocado dicho encuentro en los
millones de mexicanos que lo disfrutaron, nada tiene que ver con el hecho de
que al siguiente día y los subsecuentes la vida sea muy distinta, los niños acudieron
a la escuela y tanto mujeres como hombres asistieron a sus centros de trabajo.
Y entonces usted,
amable lector, me podría cuestionar ¿Si la vida siguió su curso normal, dónde
quedan todos esos sentimientos que provoca el balompié y de qué carajo sirve
mirarlo?
En ese caso sólo podría
responder platicándole de los maravillosos recuerdos de aquellos años en que mi
padre después de una dura semana laboral me llevaba de la mano al estadio
Azteca para ver jugar al Atlante, de la enorme cantidad de personas que durante
toda la semana sufren para subsistir y que llegado el fin de semana y durante
90 minutos logran desfogar toda la frustración acumulada ó de ser felices cuando
el balón mece las redes de la portería. Pero también le hablaría de quienes
gozan de una posición económica más cómoda pues el fútbol tiene esa otra
cualidad, los triunfos y derrotas del equipo favorito no están condicionados a
una clase social, se disfrutan y se sufren por igual en una zona residencial
pudiente que en el barrio popular.
En lo concerniente a la
acusación de la abstracción de los pueblos hacía los malos manejos de sus
gobernantes y que también se le endilga al fútbol, es indudable que este ha
sido motivo de intentos de manipulación por parte de todo tipo de gobiernos; dictadores,
demócratas, monarcas, liberales, conservadores y demás fauna política. Sin
embargo, el deporte más popular del mundo les ha sobrevivido a cada uno de
ellos. Existen naciones que han pasado por todo tipo de regímenes y lo único que
ha quedado siempre igual después de los cambios políticos es precisamente el fútbol.
Así es que muy a pesar
de sus eternos detractores, el balón seguirá rodando, las playeras continuarán
siendo portadas con orgullo, los cánticos en el estadio no callarán y el grito
de gol se prolongará hasta el fin de los tiempos.
Autor: Rubén Salazar E.
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

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