Por: Rubén Salazar Espino
Hace unas semanas charlaba con un
gran amigo columnista sobre los 100 primeros días de AMLO y las
administraciones que le precedieron al ahora presidente. Más allá de las
diferencias de opinión que tenemos respecto a dichos temas, al final de la
plática y derivado de los comentarios que expresamos, mi reflexión fue la que
he sostenido desde hace años: siempre hablamos del país de acuerdo a nuestro
entorno inmediato; visualizamos las diversas problemáticas desde un punto de
vista meramente centralista; pero lo más grave, es que seguimos sin aceptar y
entender que cohabitamos en un México en el que existen distintas realidades.
Y es que el entorno social que se
vive en metrópolis como la Ciudad de México (CDMX), Guadalajara o Monterrey, no
es nada parecido al que se tiene en comunidades de la sierra de Guerrero, en
municipios de Tamaulipas o en poblados de Veracruz. Por ejemplo, quienes
habitamos en ciudades como la CDMX, tenemos una mayor oportunidad de contar con
escuelas públicas medianamente equipadas, mientras que en muchas zonas remotas
de las sierra de sur y sureste del territorio nacional, lo extraordinario es
tener un lugar digno para impartir y recibir clases.
Así mismo, mientras que en la
capital de la República la inseguridad es un problema creciente pero aún no a
niveles alarmantes, en sitios como Ciudad Victoria, Tamaulipas, la violencia ha
rebasado el horror provocando la migración de familias enteras que huyen de las
balaceras, secuestros y asesinatos.
Pero para entender el enfoque
centralista y convenenciero que acostumbramos tener, debemos considerar al
racismo y el clasismo que milenariamente hemos practicado, pues para muchos
mexicanos, un indígena chiapaneco es “un
indio”; un chavo de la ciudad con el cabello rapado de los costados es “un delincuente”; una persona de tez
morena es “pobre”; y un anciano que
calza huaraches es “un limosnero”. Y
es que vivimos rodeados de un bombardeo constante de estereotipos que vienen
desde la época de la conquista española y que hoy promueven sin pudor los
medios de comunicación.
En México tenemos pobreza (los
millonarios son unos cuantos), existe un sistema de educación mediocre (no todo
es el UNAM o el TEC) y existen poblados donde la violencia carcome la paz de
sus habitantes (hay lugares donde la fuerza del Estado es un mito).
La visión limitada, casi
convertida en ceguera, por parte de un importante sector social que no es capaz
de mirar más allá de su entorno, es, en gran medida, causante de la falta de
identidad y empatía que como mexicanos debiéramos tener.
Sigamos pensando en la
individualidad, en el bienestar propio y en el artificial estatus que nos da el
estúpido pensamiento de creer ser superiores al prójimo. Total, sigamos
desmadrándonos con el desprecio mutuo, hasta que esas realidades que hoy vemos
tan lejanas, nos engullan sin piedad.
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