sábado, 29 de abril de 2023

Los visitantes

A mi familia

La mañana se presenta con un viento que golpea con dureza los rostros de quienes lo enfrentan; por su parte, el sol apenas se asoma de manera discreta entre las nubes mientras que la bruma espesa impide la visión habitual de quienes ya pisan las calles de la ciudad.

En algún lugar de la urbe, César ha salido de su casa bien abrigado y con algo de pereza, misma que ha sido provocada por el abandono forzoso de su cama. Sin embargo, al colocarse los audífonos para escuchar el sonido del potente Heavy Metal que emana desde su teléfono celular, se relaja y avanza con paso firme.

A solo un par de calles de donde César camina, Sebastián ha entrado a su cafetería favorita para pedir el acostumbrado capuchino y la siempre generosa dona de maple que cubre el cotidiano hueco en el estómago. Él solo piensa en que en menos de una hora iniciará su primera clase en la Universidad y trata de recordar si no se ha olvidado de realizar algún trabajo escolar.

Frente a la cafetería en la que Sebastián da el primer sorbo a su bebida caliente, Paola espera impaciente cruzar la calle, pues ya se ha retrasado para encontrarse con su amiga Ximena en la plaza comercial donde desayunarán y planearan la próxima fiesta en honor al cumpleaños de la ansiosa Paola.

El viento continúa con intensidad y pareciera aumentar a cada instante; mientras que el trajín citadino se hace patente con la consabida característica de los pensamientos individuales que cada caminante reflexiona sin notar la presencia del semejante ni revisar el paisaje urbano.

Rubén, que acaba de bajar del transporte que lo dejó a unos pasos de casa de su novia Mitzi, ha alzado la vista distraídamente y ha notado que en el cielo se distinguen algunas figuras extrañas que parecieran pequeños soles entre la nubosidad. Intrigado se detiene para observar detenidamente y no da crédito a eso que ya ha rebasado las nubes para así mostrarse claramente.

Mientras tanto, César ha interrumpido un momento su andar para buscar un cigarrillo que le provoque ese inexplicable placer que solo los fumadores constantes pueden experimentar. Al sacar la primera bocanada de humo se da cuenta que frente a él, un joven se encuentra como hipnotizado mirando al cielo sin parpadear, la curiosidad le hace levantar su rostro y de inmediato queda igual de estupefacto que ese chico de nombre Rubén.

Sebastián continua repasando mentalmente las clases que tendrá que tomar durante la mañana pero algo le hace interrumpir sus reflexiones, lo que le ha provocado distraer sus pensamientos son un par de personas que dirigen sus miradas al cielo, se encuentran como si fueran estatuas e imita de manera casi natural a los dos inmovilizados que le han contagiado el embelesamiento de mirar al cielo.

Paola se acerca a los susodichos observadores y se molesta, pues ellos le estorban su caminata hacía el encuentro pactado con su entrañable amistad. Pero a pesar de su prisa, ella tampoco puede evitar echar un vistazo al cielo y de inmediato se paraliza como aquellos que a su lado están.

Ahora todos ellos (Paola, Sebastián, Rubén y César) están contemplando un espectáculo indescifrable. En las alturas oscilan grandes estructuras de forma circular que se balancean y emiten luces intermitentes. Son 17 (según ha podido contar César); ¡Deben ser extraterrestres! Ha expresado con voz entrecortada Sebastián; ¡¿Qué carajo son esas cosas?! Refunfuña Rubén; mientras la impresionada Paola solo atina a suspirar con fuerza.

Los cuatro impávidos espectadores han intentado llamar por teléfono a algún familiar para describir lo que está sobre sus cabezas, sin embargo, sus aparatos de comunicación han perdido la señal. Correr o gritar sería una opción, pero no hay posibilidad de ello pues ahora les es imposible moverse debido a una insólita fuerza de gravedad que les ha ensamblado al piso.

La ciencia ficción tan utilizada en decenas de películas concebidas en Hollywood y los textos de escritores que han relatado fantásticos escenarios han quedado minimizados ante la realidad que ahora viven los humanos. No hay nada que se compare a lo que sobrevuela al planeta; no hay adjetivos para describir lo que nuestros personajes captan con estupor.

Llegó el momento que tanto anunciaron aquellos a los que los escépticos tacharon de ridículos; es tiempo de lo inverosímil y lo inexplicable. En el cielo se encuentran las explicaciones a las dudas milenarias, ahí está la derrota de la soberbia humana, la destrucción de las religiones que se ostentaban como invencibles, apareció de pronto la comprobación de lo pequeña que es la humanidad en el vasto universo, arribaron los que siempre han observado nuestra decadencia, ahora mismo se encuentran en sus naves los verdaderos sembradores de la vida, cualidad que, de manera equivocada se le ha atribuido a deidades invisibles.

Paola ha regresado a su casa para preguntar a su papá qué pasará; Sebastián se ha olvidado enteramente de sus clases y camina sin poder retener pensamiento alguno; César no puede controlar su emoción al tiempo que conjetura acerca de loa cambios que el mundo experimentará a partir de ese momento; Rubén abrazando con fuerza a Mitzi piensa en su abuelo pues seguro, a través de las palabras correctas, él podría tranquilizar el temblor de su cuerpo.

Lo que ninguno de los cuatro sabe, es que la invasión ya comenzó y, con ello, la erradicación de la raza humana. La conquista de la Tierra será rápida y perfectamente aplicada por los que sin aviso han llegado a reclamar lo que en el principio de la vida fue suyo.

Los cuatro personajes que atestiguaron la llegada de los espontáneos visitantes han sido afortunados por el simple hecho de comprobar este acontecimiento tan sorprendente.

Los protagonistas de esta narración serán conocidos por todos los seres de la civilización que ahora habita lo que un día fue el planeta azul; los inmortalizarán por haber sido elegidos para certificar la incursión extraterrestre; pero sobre todo, serán recordados por esas miradas sin malicia que reflejaron su estremecimiento al vivir en carne propia la grandeza que significa la venida de la inteligencia superior a la humana; ellos cuatro pudieron admirar la presencia de aquellos que han viajado desde algún rincón alejado del planeta Tierra, solo para reposar en este suelo que sus antepasados fertilizaron hace miles de años.

Es inobjetable que han aparecido sin advertencia a los que la humanidad bautizó como Jesucristo, Quetzalcóatl, Horus, Buda, y decenas de apelativos que se les dio para darle sentido a lo que no se puede explicar.

Paola, Sebastián, César y Rubén, junto a un centenar de humanos, viajan dentro de una nave que… ¡Caray! He abierto los ojos, todo era un sueño, menos mal que así fue porque en verdad me angustié.

Me estoy intentando levantar de la cama pero al no reconocer la habitación en la que estoy me paraliza. Se abre una puerta que parece de metal y está entrando un ser de estatura corta (calculo 1 metro y pocos centímetros). Su cabeza es alargada y grande, boca pequeña, ojos completamente negros y no parece tener orejas. Estira sus largos y delgados brazos para posar sus manos de 3 dedos en mi frente. Estoy somnoliento, creo que dormiré nuevamente. Deseo con todas mis fuerzas despertar, encontrarme en mi recamara y suspirar profundo para desechar esta realidad tan surrealista. Sin embargo, mi cerebro me confirma que estoy despierto y que soy un experimento que llevan a cabo los visitantes no humanos.

En mis últimos momentos de conciencia reflexiono para aceptar que la hora de la renovación del cosmos llegó, y que los sembradores de vida interplanetaria ahora han tomado el mando.

Antes de cerrar los ojos para siempre, especulo acerca de que este acontecimiento, provoque que las razas nunca se extingan, evolucionen, se diversifiquen y algún día sean consecuentes de su enorme responsabilidad ante el universo que les cobija.


Rubén Salazar Espino

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