A mi familia
La mañana se presenta con un viento
que golpea con dureza los rostros de quienes lo enfrentan; por su parte, el sol
apenas se asoma de manera discreta entre las nubes mientras que la bruma espesa
impide la visión habitual de quienes ya pisan las calles de la ciudad.
A solo un par de calles de donde César
camina, Sebastián ha entrado a su cafetería favorita para pedir el acostumbrado
capuchino y la siempre generosa dona de maple que cubre el cotidiano hueco en
el estómago. Él solo piensa en que en menos de una hora iniciará su primera
clase en la Universidad y trata de recordar si no se ha olvidado de realizar
algún trabajo escolar.
Frente a la cafetería en la que
Sebastián da el primer sorbo a su bebida caliente, Paola espera impaciente
cruzar la calle, pues ya se ha retrasado para encontrarse con su amiga Ximena
en la plaza comercial donde desayunarán y planearan la próxima fiesta en honor
al cumpleaños de la ansiosa Paola.
El viento continúa con intensidad y
pareciera aumentar a cada instante; mientras que el trajín citadino se hace
patente con la consabida característica de los pensamientos individuales que
cada caminante reflexiona sin notar la presencia del semejante ni revisar el
paisaje urbano.
Rubén, que acaba de bajar del transporte
que lo dejó a unos pasos de casa de su novia Mitzi, ha alzado la vista distraídamente
y ha notado que en el cielo se distinguen algunas figuras extrañas que
parecieran pequeños soles entre la nubosidad. Intrigado se detiene para
observar detenidamente y no da crédito a eso que ya ha rebasado las nubes para
así mostrarse claramente.
Mientras tanto, César ha interrumpido
un momento su andar para buscar un cigarrillo que le provoque ese inexplicable
placer que solo los fumadores constantes pueden experimentar. Al sacar la
primera bocanada de humo se da cuenta que frente a él, un joven se encuentra
como hipnotizado mirando al cielo sin parpadear, la curiosidad le hace levantar
su rostro y de inmediato queda igual de estupefacto que ese chico de nombre
Rubén.
Sebastián continua repasando
mentalmente las clases que tendrá que tomar durante la mañana pero algo le hace
interrumpir sus reflexiones, lo que le ha provocado distraer sus pensamientos son
un par de personas que dirigen sus miradas al cielo, se encuentran como si
fueran estatuas e imita de manera casi natural a los dos inmovilizados que le
han contagiado el embelesamiento de mirar al cielo.
Paola se acerca a los susodichos observadores
y se molesta, pues ellos le estorban su caminata hacía el encuentro pactado con
su entrañable amistad. Pero a pesar de su prisa, ella tampoco puede evitar
echar un vistazo al cielo y de inmediato se paraliza como aquellos que a su
lado están.
Ahora todos ellos (Paola, Sebastián,
Rubén y César) están contemplando un espectáculo indescifrable. En las alturas
oscilan grandes estructuras de forma circular que se balancean y emiten luces
intermitentes. Son 17 (según ha podido contar César); ¡Deben ser
extraterrestres! Ha expresado con voz entrecortada Sebastián; ¡¿Qué carajo son
esas cosas?! Refunfuña Rubén; mientras la impresionada Paola solo atina a
suspirar con fuerza.
Los cuatro impávidos espectadores han
intentado llamar por teléfono a algún familiar para describir lo que está sobre
sus cabezas, sin embargo, sus aparatos de comunicación han perdido la señal. Correr
o gritar sería una opción, pero no hay posibilidad de ello pues ahora les es
imposible moverse debido a una insólita fuerza de gravedad que les ha ensamblado
al piso.
La ciencia ficción tan utilizada en
decenas de películas concebidas en Hollywood y los textos de escritores que han
relatado fantásticos escenarios han quedado minimizados ante la realidad que
ahora viven los humanos. No hay nada que se compare a lo que sobrevuela al
planeta; no hay adjetivos para describir lo que nuestros personajes captan con estupor.
Llegó el momento que tanto anunciaron
aquellos a los que los escépticos tacharon de ridículos; es tiempo de lo
inverosímil y lo inexplicable. En el cielo se encuentran las explicaciones a
las dudas milenarias, ahí está la derrota de la soberbia humana, la destrucción
de las religiones que se ostentaban como invencibles, apareció de pronto la
comprobación de lo pequeña que es la humanidad en el vasto universo, arribaron los
que siempre han observado nuestra decadencia, ahora mismo se encuentran en sus
naves los verdaderos sembradores de la vida, cualidad que, de manera equivocada
se le ha atribuido a deidades invisibles.
Paola ha regresado a su casa para
preguntar a su papá qué pasará; Sebastián se ha olvidado enteramente de sus
clases y camina sin poder retener pensamiento alguno; César no puede controlar su
emoción al tiempo que conjetura acerca de loa cambios que el mundo experimentará
a partir de ese momento; Rubén abrazando con fuerza a Mitzi piensa en su abuelo
pues seguro, a través de las palabras correctas, él podría tranquilizar el
temblor de su cuerpo.
Lo que ninguno de los cuatro sabe, es
que la invasión ya comenzó y, con ello, la erradicación de la raza humana. La
conquista de la Tierra será rápida y perfectamente aplicada por los que sin
aviso han llegado a reclamar lo que en el principio de la vida fue suyo.
Los cuatro personajes que atestiguaron
la llegada de los espontáneos visitantes han sido afortunados por el simple
hecho de comprobar este acontecimiento tan sorprendente.
Los protagonistas de esta narración serán
conocidos por todos los seres de la civilización que ahora habita lo que un día
fue el planeta azul; los inmortalizarán por haber sido elegidos para certificar
la incursión extraterrestre; pero sobre todo, serán recordados por esas miradas
sin malicia que reflejaron su estremecimiento al vivir en carne propia la
grandeza que significa la venida de la inteligencia superior a la humana; ellos
cuatro pudieron admirar la presencia de aquellos que han viajado desde algún
rincón alejado del planeta Tierra, solo para reposar en este suelo que sus
antepasados fertilizaron hace miles de años.
Es inobjetable que han aparecido sin
advertencia a los que la humanidad bautizó como Jesucristo, Quetzalcóatl,
Horus, Buda, y decenas de apelativos que se les dio para darle sentido a lo que
no se puede explicar.
Paola, Sebastián, César y Rubén, junto
a un centenar de humanos, viajan dentro de una nave que… ¡Caray! He abierto los
ojos, todo era un sueño, menos mal que así fue porque en verdad me angustié.
Me estoy intentando levantar de la
cama pero al no reconocer la habitación en la que estoy me paraliza. Se abre
una puerta que parece de metal y está entrando un ser de estatura corta
(calculo 1 metro y pocos centímetros). Su cabeza es alargada y grande, boca pequeña,
ojos completamente negros y no parece tener orejas. Estira sus largos y
delgados brazos para posar sus manos de 3 dedos en mi frente. Estoy
somnoliento, creo que dormiré nuevamente. Deseo con todas mis fuerzas
despertar, encontrarme en mi recamara y suspirar profundo para desechar esta
realidad tan surrealista. Sin embargo, mi cerebro me confirma que estoy
despierto y que soy un experimento que llevan a cabo los visitantes no humanos.
En mis últimos momentos de conciencia
reflexiono para aceptar que la hora de la renovación del cosmos llegó, y que los
sembradores de vida interplanetaria ahora han tomado el mando.
Antes de cerrar los ojos para siempre, especulo acerca de que este acontecimiento, provoque que las razas nunca se extingan, evolucionen, se diversifiquen y algún día sean consecuentes de su enorme responsabilidad ante el universo que les cobija.
Rubén Salazar Espino

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