Abrir twitter y leer tan solo durante un par de minutos las
opiniones que ahí se vierten, se ha convertido, para un servidor, en una
experiencia realmente enriquecedora, aunque no precisamente placentera.
Y es que en tan solo dos minutos, sumergido en una de las 3
principales redes sociales, puedo hacer un boceto del México en el que vivo.
Vivo en un país en el que existen personas para las que el
clasismo y el racismo, son una forma cotidiana de denigración al prójimo por el
simple hecho de considerarse (basados en una estúpida autoevaluación moral)
superiores a todo aquel que no comparta sus gustos, ideas, modo de vida,
lenguaje, color de piel, etc.
Vivo en un país en el que muchos de los que hoy vociferan en
contra del gobierno, durante años callaron ante la corrupción, el saqueo, la
muerte de inocentes y el dolor de miles de familias por la desaparición de sus
hijos; mientras que en otro extremo, están los que antes criticaron ferozmente,
pero que hoy justifican y defienden cualquier disparate como verdaderos perros protegiendo
al amo.
Vivo en un país en el que hay quien se desgarra las
vestiduras y protesta de manera estruendosa por la falta de gasolina, pero le vale
madre si hay 50 millones de mexicanos en situación de pobreza para los que lo
escaso es la de comida. ¡Ah!, pero además, para los valemadre, esos 50 millones “son
pobres porque quieren”.
Vivo en un país donde mantenemos a una poderosa “clase política” que es capaz de vivir cómodamente
escudándose en la supuesta representación que les da ser parte de un partido o,
como pronto lo veremos, en crear uno propio a pesar de ya haber gobernado
México y heredarnos un baño de sangre interminable.
Vivo en un país donde “el
agandalle” es el deporte de los chingones.
Desde el político que mama del erario, pasando por el empresario que se
enriquece a base de obtener contratos a través de corruptelas, hasta llegar al ciudadano
que intercambia su vida por robar un galón de gasolina. Y es que “el agandalle” no es exclusivo de clases
sociales, profesión o ideología política, “el
agandalle” es de los que se vanaglorian de practicarlo.
Vivo en un país donde la esperanza de ver caer al prójimo es una
cotidiana práctica, aun cuando ello signifique que a todos nos lleve la chingada;
donde desear la muerte se justifica con el discurso del bien mayor; donde la
difamación junto con la difusión de noticias falsas son válidas para desmadrar
a quien se ponga enfrente; y donde la empatía es para los débiles.
Vivo en un país lleno de buitres y hienas; buitres que
sobrevuelan esperando ansiosos los despojos que las hienas han dejado después
de saciar su apetito con el cadáver que, junto con las dos especies de animales
carroñeros, representan a toda una sociedad que poco a poco se sume en la más
oscura caverna de la degradación.

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