martes, 22 de enero de 2019

Un recorrido por twitter; el reflejo de lo que somos



Foto tomada de Internet
Autor: Rubén Salazar


Abrir twitter y leer tan solo durante un par de minutos las opiniones que ahí se vierten, se ha convertido, para un servidor, en una experiencia realmente enriquecedora, aunque no precisamente placentera.

Y es que en tan solo dos minutos, sumergido en una de las 3 principales redes sociales, puedo hacer un boceto del México en el que vivo.

Vivo en un país en el que existen personas para las que el clasismo y el racismo, son una forma cotidiana de denigración al prójimo por el simple hecho de considerarse (basados en una estúpida autoevaluación moral) superiores a todo aquel que no comparta sus gustos, ideas, modo de vida, lenguaje, color de piel, etc.

Vivo en un país en el que muchos de los que hoy vociferan en contra del gobierno, durante años callaron ante la corrupción, el saqueo, la muerte de inocentes y el dolor de miles de familias por la desaparición de sus hijos; mientras que en otro extremo, están los que antes criticaron ferozmente, pero que hoy justifican y defienden cualquier disparate como verdaderos perros protegiendo al amo.

Vivo en un país en el que hay quien se desgarra las vestiduras y protesta de manera estruendosa por la falta de gasolina, pero le vale madre si hay 50 millones de mexicanos en situación de pobreza para los que lo escaso es la de comida. ¡Ah!, pero además, para los valemadre, esos 50 millones “son pobres porque quieren”.

Vivo en un país donde mantenemos a una poderosa “clase política” que es capaz de vivir cómodamente escudándose en la supuesta representación que les da ser parte de un partido o, como pronto lo veremos, en crear uno propio a pesar de ya haber gobernado México y heredarnos un baño de sangre interminable.

Vivo en un país donde “el agandalle” es el deporte de los chingones. Desde el político que mama del erario, pasando por el empresario que se enriquece a base de obtener contratos a través de corruptelas, hasta llegar al ciudadano que intercambia su vida por robar un galón de gasolina. Y es que “el agandalle” no es exclusivo de clases sociales, profesión o ideología política, “el agandalle” es de los que se vanaglorian de practicarlo.

Vivo en un país donde la esperanza de ver caer al prójimo es una cotidiana práctica, aun cuando ello signifique que a todos nos lleve la chingada; donde desear la muerte se justifica con el discurso del bien mayor; donde la difamación junto con la difusión de noticias falsas son válidas para desmadrar a quien se ponga enfrente; y donde la empatía es para los débiles.

Vivo en un país lleno de buitres y hienas; buitres que sobrevuelan esperando ansiosos los despojos que las hienas han dejado después de saciar su apetito con el cadáver que, junto con las dos especies de animales carroñeros, representan a toda una sociedad que poco a poco se sume en la más oscura caverna de la degradación.

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