A los panistas:
Me dirijo a ustedes para compartir este texto.
Crecí escuchando a mi padre hablar de Acción Nacional. Siempre
apasionado, explicaba de manera convincente que el PAN era por mucho el único
partido político que representaba una verdadera oposición y la más viable
opción para derrocar al corrupto régimen que representaba el PRI.
Mi padre no era militante panista pero lo parecía. Defendía con ahínco
la filosofía que enarbolaba el partido. La defensa de la familia, el progreso económico
y sobre todo el discurso de un México mejor, eran algunos de los puntos con los
que él coincidía plenamente.
En ese ambiente familiar llegué a la mayoría de edad en 1988 y con
ello a mi primera participación en unas votaciones. Para ese entonces yo ya
también simpatizaba con Acción Nacional.
En aquel tiempo me impresionó la fuerza que transmitía Manuel
Clouthier. Su manera de encarar y retar al sistema basado en el debate de
ideas, su elocuencia guerrera y su incansable andar por el país era admirable.
Para 1994 y con gran entusiasmo asistí a las urnas soñando con que por
fin el PAN gobernaría el país. Diego Fernández, líder por naturaleza, de
oratoria prodigiosa y duro carácter. “El Jefe Diego” fue la perfecta continuidad
de la figura de “Maquío”.
A partir de 1988 el avance electoral de Acción Nacional había sido
relevante pero aún faltaba aquello que millones de mexicanos deseábamos, la
caída del PRI. Así llegaríamos al año 2000.
Juntos, mi padre y yo, fuimos testigos de que con un discurso político
atípico, dicharachero y retador, Vicente Fox logró conquistar las simpatías del
electorado que vio en él al personaje que lograría sacar al dinosaurio del
poder. Y así ocurrió.
Al igual que en miles de hogares, el triunfo del PAN lo festejamos en casa.
Por fin el PRI había sido derrotado gracias a la intensa y larga lucha dada por
los líderes y ciudadanos afines a Acción Nacional.
En ese momento y para desgracia del país, lo que no sabíamos es que
ahí iniciaba la debacle del panismo.
Después de 6 años de promesas incumplidas, de los escándalos y de las
primeras muestras de guerras intestinas dentro del partido, el PAN se encontró
en el 2006 con una fuerte competencia pero sobre todo con nefastas prácticas
internas que antes eran despreciadas.
Aun así y por un muy pequeño margen de distancia, Felipe Calderón
consiguió mantener al partido dentro de los pinos.
Mi padre falleció en 2005 y ya no pudo atestiguar como Calderón, a
base de tenacidad, de una agresiva campaña y un discurso bien articulado, no
solo compitió contra el arrastre de López Obrador y “las habilidades” electoreras
del PRI, a él le tocó enfrentar a un sector del panismo que enviciado con el
poder se comportaba como aquel priísmo al cual se había derrotado.
La estrepitosa derrota en 2012 solo vino a terminar con aquel partido
que un día fue la opción de un amplio sector social.
Hoy poco queda de ese PAN al que con vehemencia mi padre defendía y
promovía. Las figuras con liderazgo como Margarita Zavala son boicoteadas, la
dirigencia se comporta al más puro estilo del PRI ochentero y los ideales están
guardados en algún viejo archivero.
¿Dónde está aquel PAN de la sapiencia Luis H. Álvarez, de la combatividad
de Clouthier, de la elocuencia de Diego Fernández, de la vivacidad de Fox y de la
tenacidad de Calderón?
No comparto la idea de “la refundación”, creo en los liderazgos que
aun militan en Acción Nacional y en los ciudadanos que crecimos con la idea de
que ese partido merece nuestro apoyo. Esos liderazgos son los que deben abrir
las puertas a aquellos que todavía creemos que el camino se puede recorrer.
México requiere hoy más que nunca un PAN sólido no a una franquicia
elitista y corrupta.
Autor: Rubén Salazar Espino
rubsalazare@gmail.com
Twitter: @Ruben_Salazar

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