lunes, 21 de septiembre de 2009

NACIONALISMO RAMPLÓN


MILENIO DIARIO
Acentos
Juan Ignacio Zavala
20 DE SEPTIEMBRE DE 2009

Consecuencia lógica de gritar hasta el cansancio ¡Viva México, cabrones! es nuestro nacionalismo ramplón que arranca precisamente en esa frase, pasa por otra serie de bravatas e insultos y concluye en la misma expresión. Ante el extranjero nos movemos con una suerte de admiración y recelo, de cortesías y ánimo revanchista.

Sobra decir que de nuestros vecinos del norte sabemos, a nivel nacional, lo siguiente: que son los pinches gringos, que nos robaron la mitad del territorio que incluye a las güeras y lo pavimentado; que son imperialistas y se quieren quedar con el país (lo que se dice sin tomar en cuenta la cantidad de mexicanos que están allá, legales e ilegales).

De nuestras lecciones de relaciones internacionales y comprensión del mundo, se desprenden los siguientes conocimientos: ¡Pinches gachupines, casi acaban con nosotros, de milagro quedó Teotihuacan!; a México no llegan españoles de España sino españoles de mierda (hay que subrayar que la frase anterior normalmente está dicha por individuos de apellido Godínez, Pérez o Hernández); en la plaza de toros cada vez que un torero español hace una buena faena ante el pasmo de los de aquí (el reglamento dice que no pueden torear en un cartel más extranjeros que mexicanos), se oye el grito que resume nuestro sentimiento de inferioridad, nuestra impotencia ante el de afuera: ¡se siguen llevando el oroooo!!

¡Que le apliquen el 33! Grita con rabia en los ojos y con supuesto sentido de reivindicación histórica el politiquillo improvisado. Sabedor de que uno de los pocos conocimientos que compartimos la mayoría de los mexicanos es, precisamente, la existencia del artículo 33 de la Constitución. Pero no sólo lo sabemos nosotros. Pocos extranjeros que hayan vivido o que vivan en México ignoran la existencia de dicho artículo ya que desde que llegan nos dedicamos a repetírselos hasta la saciedad.

Hace varios años se le intentó hacer un juicio, por parte de algunos legisladores, a Córdoba Montoya, que es de origen francés. Independientemente de lo que haya hecho el señor Córdoba, si cometió delitos o no (en aquella ocasión los diputados no probaron nada), el asunto permitió que aflorara lo peor de nuestro nacionalismo: ¡Que se vaya el francés! Se repetía por todos lados, cargándole la primera culpa: su origen. ¡Que le apliquen el 33!, se declaraba con enjundia mexicanísima. ¡Expulsen al mesié!, se demandaba a las autoridades. El linchamiento se logró de la manera más sencilla —sin necesidad de argumento alguno—: apelando a nuestra ramplonería nacionalista.

Uno de los temas que debemos reflexionar en estas fechas patrias es adónde nos llevan estas convicciones primitivas de que los de afuera son malos y los de adentro los buenos. En otros países el triunfo de alguien que llega de afuera es motivo de satisfacción y orgullo por las condiciones de oportunidad que se generan. Aquí no aguantamos que triunfen ni los de adentro. ¡Viva México, cabrones!

Autor: Juan Ignacio Zavala
juanignacio.zavala@milenio.com

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