lunes, 26 de octubre de 2009

BASTARDOS SIN GLORIA


MILENIO DIARIO
Acentos
Juan Ignacio Zavala
25 DE OCTUBRE DE 2009

Los diputados tienen un gran sentido de la trascendencia. Cuando asisten a sus sesiones lo hacen henchidos de amor patrio. No hay nada que los haga dar marcha atrás en la búsqueda de su noble meta: hacer el bien al pueblo de México —que para eso los eligió— y pasar a la historia.

Por supuesto que hay diversas maneras de lograrlo y cada quien lo hace según sus capacidades y posibilidades. Así, hay quien algún día decidió ponerse una máscara de cerdo y hay quien decidió comportarse como tal y sin máscara (caso PT de la actual legislatura). Hay quien ha subido borracho a hablar a la “tribuna más alta de la patria” —como le dicen ellos— y quien se ha muerto en una sesión; hay quien se ha retado a golpes y quien simplemente los ha propinado.

De todo hay y de todo ha pasado por ahí. Ingenieros, arquitectos, economistas, abogados, maestros, amas de casa, campesinos, júniors, dipsómanos, personas con antecedentes dudosos y con futuro delictivo; futbolistas, medallistas olímpicos, luchadores (sociales y del ring), filósofos, poetas, historiadores y, por supuesto, profesionales de la patada y el escupitajo.

Al entrar en San Lázaro algo sucede con el ciudadano que se transforma en diputado. Algo deben darles junto con su pin de oro, su curul y su identificación porque inmediatamente cambian el gesto y se convierten en padres adoptivos de la patria. He preguntado si les dan pastillas, un jarabito o un brebaje mágico. Me dicen que nada. Esta respuesta no es satisfactoria porque es inexplicable la conducta que desarrollan a lo largo de tres años.

El diputado se desplaza por los restaurantes con desplantes de “seguro me conocen, ¿verdad?”. Saluda inquiriendo con la mirada “¿no me has visto en las fotos de los periódicos?” (se refieren a alguna imagen repartiendo codazos, asaltando o defendiendo la tribuna —depende la situación— o simple y sencillamente, durmiendo). Se sienta a la mesa con la mirada puesta en la puerta para ver quién entra y después recorre el salón con los ojos, pendiente por si hay alguien para darle un abrazo o por lo menos levantar la mano saludando. Habla por celular con voz muy alta o como si estuviera pasando en clave un secreto de Estado. Cuando se van es inevitable que la gente pregunte: “¿Quién era ese pendejo, eh?”

Si ahí quedara la cosa no habría problema. Sin embargo, como ya vimos esta semana, son los que deciden cuántos impuestos cobrarnos. La mayoría de ellos no saben lo que votan y después dicen que no se dieron cuenta, porque las sesiones “fueron agotadoras”. Son incapaces de generar una política de largo plazo. El año que entra presenciaremos el mismo espectáculo de los impuestos.

Es un grupo compacto de 500 ciudadanos abiertamente despreciado por millones de conciudadanos. Quizá por eso hacen su microclima. Se comportan de manera extraña, sin ningún temor al ridículo, se abrazan y se agreden entre ellos, juntos reviven las batallas patrias más encarnizadas; son 500 Juanes Escutia, cada uno envuelto en la bandera, buscando un cacho de gloria.

Autor: Juan Ignacio Zavala
juanignacio.zavala@milenio.com

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