
MILENIO DIARIO
Acentos
Juan Ignacio Zavala
18 DE OCTUBRE DE 2009
El caso de Luz y Fuerza es uno de esos temas en que la ciudadanía toma una postura, a favor o en contra, pero tiene una opinión. Lo mismo pasa en el caso de los políticos. Forzados por la opinión pública, deben tomar una definición. En el PRI, por ejemplo, tomar definiciones les cuesta trabajo y por lo tanto consideran que mejor se den opiniones individuales que tener que tomar una posición institucional al respecto. La definición no es lo suyo. Ya en una ocasión mencioné en este mismo espacio que su ideología era de extrema ambigua: lo mismo están a la derecha que corren hacia la izquierda.
Sin embargo, hay que hacer notar que a nivel individual, algunos destacados priistas no dudaron en emitir su opinión al respecto. Dejarle claro a la ciudadanía qué es lo que se piensa sobre asuntos de interés público es una obligación del político con la población. Y, ventajas de la democracia, si no lo quieren hacer ahí están los medios de comunicación obligándolos a tomar una posición.
Por eso mismo, llama la atención el papel de simple subordinado que ha decidido jugar Marcelo Ebrard, jefe de Gobierno del Distrito Federal, en las últimas semanas. Si durante unos meses lo vimos alcanzar cierta estatura respecto de las decisiones que debía tomar, parece que se trató de simplemente una ilusión. Como a los bebés que comienzan a caminar, vimos a Marcelo hacer algunos solitos que anunciaban su capacidad de tener movimiento propio. Pero no acababa de sentirse contento cuando llegó papá Andrés y lo sentó de nuevo en la carriola.
Haces unas semanas hubo quien pensó que se había logrado una gran operación política con Juanito. En realidad lo que hizo Marcelo fue cumplir al pie de la letra lo que le ordenó Andrés Manuel antes de las elecciones. Todo lo que dijo AMLO que debía de pasar fue cumplido escrupulosamente por el jefe de Gobierno que, temeroso de la ira de su líder, se escabulló para no explicar su obediencia ciega.
Pero la cosa no termina ahí. Quien está acostumbrado a que se le rinda tributo y pleitesía no encuentra satisfacción: exige más cada vez, se vuelve insaciable, no hay sacrificio ni alabanza que le rinda el súbdito que le parezca suficiente. Así, en el caso de Luz y Fuerza, a Marcelo no lo dejaron hacer su solito —si es que llegó a pensar en hacerlo.
Desde que la hoy jefatura de Gobierno del Distrito Federal era regencia, no se veía tal indignidad en un gobernante capitalino. La abyección mostrada por Marcelo ante su jefe es escandalosa. Nada le importó al titular de Gobierno, mandó quitar la Feria del Libro para que pudiera llegar al Zócalo su patrón con las huestes de Esparza. La sumisión mostrada en esta semana muestra claramente que no es él quien gobierna la ciudad.
Claro que no todo ha de ser humillación pública para el jefe de Gobierno. Se acerca diciembre y seguramente lo volverán a dejar ir a la tele a hornear galletitas navideñas. O a lo mejor nos sorprende en noviembre con un sabroso pan de muerto.
Autor: Juan Ignacio Zavala
juanignacio.zavala@milenio.com
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