
MILENIO DIARIO
Acentos
Juan Ignacio Zavala
12 DE AGOSTO DE 2009
El pasado lunes en Guadalajara, el presidente Barack Obama dio una buena respuesta a quienes en América Latina insisten en que intervenga en el caso de Honduras. Curiosamente los que más abogan por un intervencionismo estadunidense son los que apoyan decididamente a Chávez, Evo, Correa, Zelaya y cualquiera otro que se sume a la causa populista en esta parte del continente. De hecho, el propio Zelaya demandó una intervención decisiva de Estados Unidos.
Sobre las críticas, dijo el presidente de Estados Unidos que son “los mismos críticos que dicen que siempre estamos interviniendo y que los yanquis deben salir de América Latina”. Y en efecto, parece que los nostálgicos de los 70 lo son en todo. No sólo extrañan el autoritarismo, los gorilatos (como Micheletti), la economía estatal, la banca nacionalizada, la solución de las armas, la educación única, la demagogia como política pública; también extrañan la actitud imperial del gigante del norte.
La educación política en nuestro continente, tan accidentada por largos episodios de intervención política de distintas potencias, ha dejado como saldo en ciertos sectores, aparte de una explicable amargura, una insaciable sed de revanchismo. Concretamente ciertas corrientes de nuestra izquierda latinoamericana buscan ansiosamente la oportunidad con un discurso simplista, hueco pero radical, de colocarse en la esfera pública apareciendo ni más ni menos que en la televisión. No hablan de desarrollo, de bienestar común o algo parecido. Sus palabras eje son: quitar, conquistar, deponer, derrocar, controlar, rechazar, expulsar.
Ayer, en su segunda toma de posesión como presidente de Ecuador, Eduardo Correa propuso a sus homólogos de otros países controlar “los excesos de la prensa”: “Tenemos que tomar cartas en el asunto, somos nosotros los que ganamos las elecciones, no los gerentes de esos negocios lucrativos que se llaman medios de comunicación”. Cierto que en algunos casos esos son negocios muy lucrativos, pero ellos quieren controlar los medios para eternizarse en el poder, no para reglamentar las utilidades, desviaciones o ambiciones de los negocios.
Parte de la victoria de Obama se dio por haber planteado una política exterior diametralmente distinta a la que por ocho años llevó Bush. El resultado de la era Bush en el mundo, lo sabe el presidente estadunidense, fue la casi unánime animadversión en el mundo hacia Estados Unidos. Llevar a su país a una zona de respeto y comprensión a escala internacional es quizá uno de los retos más difíciles que enfrenta el presidente de esa nación. Cambiar la hostilidad por la generosidad, buscar el consenso antes de una decisión unilateral, adaptarse al mundo más que exigirle a éste que se acomode a los intereses y modos de Estados Unidos es no sólo una premisa de su diplomacia sino algo que se espera de su liderazgo mundial. No parece fácil la tarea, pero la declaración del lunes resulta alentadora.
Autor: Juan Ignacio Zavala
juanignacio.zavala@milenio.com
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