
MILENIO DIARIO
Acentos
Juan Ignacio Zavala
5 DE AGOSTO DE 2009
El operativo del sábado pasado en la parroquia del Perpetuo Socorro en Apatzingán, Michoacán, dejó como saldo 33 personas detenidas, según reportes periodísticos, y a la Iglesia muy enojada por la presencia policiaca en la parroquia. Se trataba de una misa de 15 años y según la nota de Eugenia Jiménez en MILENIO, “al menos 200 elementos de la Policía Federal irrumpieron en el templo y ordenaron a los asistentes tirarse al suelo. Las mujeres y niños fueron separados del grupo y posteriormente se les dejó en libertad” (MILENIO, 04/08/09, p.30). A pesar del número de detenidos y su importancia —dos cercanos colaboradores de La Tuta se encontraban devotamente en la liturgia— llama la atención que no se disparara ni un tiro.
En su texto de ayer, Carlos Marín señala que la Iglesia hizo un lamentable reproche a las autoridades por el operativo mencionado y que en vez de eso debieran no sólo “perdonar”, sino “celebrar con una gran kermés” el que no hubiera ni heridos ni tiros. Cierto, el operativo luce impecable. La jerarquía se encuentra molesta por lo que llamó “falta de respeto y violencia” en el operativo.
Algo pasa con la Iglesia en México que a veces uno no sabe bien a bien por dónde anda. En el texto comentado, Marín hizo un recuento de los desatinos del arzobispo de Durango que, como sabemos, declaró hace unos meses que no sabía por qué las autoridades no detenían al Chapo Guzmán, pues vivía en ese estado y “todo el mundo” lo sabía. Bueno, pues lo del Chapo está por verse que “todo el mundo” sepa dónde está, pero en el caso de Apatzingán las autoridades sí sabían dónde estaban Miguel Ángel Beraza Villa, La Troca, y Rafael Hernández Harrison, La Cuchara: estaban en misa en la parroquia del Perpetuo Socorro. Así que fueron y los detuvieron.
Se puede entender el legítimo reclamo que tiene la Iglesia sobre el derecho a la profesión de la fe de cada persona. ¿Y qué se hace? ¿Se les espera en el atrio para que los defiendan los demás y se arme la balacera o para que se queden refugiados en el templo? Si el evento fue llamativo es porque tiene que ver con que unos peligrosos narcotraficantes, asesinos, se encontraban seguros en la Iglesia protegidos por la comunidad y por la naturaleza misma del evento: la misa. Si se esperan a detenerlos lo más seguro es que se queden adentro, y ahorita estaríamos viendo las escenas de la policía rodeando la Iglesia y los narcos refugiados en la casa del Señor.
No se trata de desestimar el reclamo de la Conferencia del Episcopado Mexicano, pero también hay que hacer memoria de Girolamo Prigione, que recibió a los Arellano en la nunciatura apostólica mientras eran buscados en todo el país; o del sacerdote Gerardo Montaño Rubio, que adulteró las actas de bautizo de su parroquia para que los Arellano pudieran demostrar que no estaban en Guadalajara el día que mataron al cardenal Juan Jesús Posadas. En fin, que también hay ejemplos duros del otro lado, porque parece que el narco sí acude a los llamados a misa.
Autor: Juan Ignacio Zavala
juanignacio.zavala@milenio.com
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